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jueves 16 de julio de 2009

Cuando las cuerdas se rompen

TRES

Concentrado en seguir escudriñando ambas palmas y, al mismo tiempo, embotado en varios pensamientos paralelos nacidos a raíz de las últimas palabras de la vieja no me había percatado de que ya no existía luz con la que poder seguir haciéndolo, quedándome completamente solo en medio de ningún sitio, donde mi único contacto con la realidad era el suave y aún audible tintineo de los túbulos metálicos de uno de los móviles que pendían del techo.

Darme una bofetada con cada mano fue lo único que me permitió reaccionar. Por suerte, y gracias a la guitarra, mis manos están muy acostumbradas a funcionar por su cuenta. Luego, razoné un poco para, a continuación, situar el leve, casi inaudible ya, sonido del móvil a mis espaldas y emprender la marcha en sentido contrario, adentrándome más si cabía en aquella espesa oscuridad con la esperanza de volver a oír la voz de la señora y poder entonces suspirar de alivio.

Recordando algunos dibujos animados en los cuales aparecían personajes que padecían sonambulismo, levanté y estiré ambos brazos hacia adelante y me imaginé lo cómico de la situación... si alguien pudiera verlo, claro. Pero fue inútil, pues pocos segundos después de comenzar a caminar tropezaría con algún objeto en el suelo de no más de medio metro de altura y del que sólo me percataría, a través de mis desnudas canillas, del frío y sólido, muy sólido y agresivo metal del que estaba constituido.

Unos breves pero eternos segundos después mi cabeza golpearía fuertemente lo que parecía ser, a juzgar por el sonido y, sobretodo, tacto, una puerta de madera, cerrada; acabando yo tirado sobre el piso boca arriba, con un indescriptible dolor en mis piernas y otro al que no era capaz de atender y reconocer en mi cabeza, mientras comenzaba a oír de nuevo el rasgueo de unas cuerdas de guitarra a ya varios metros y alguna que otra pared lejos de mí.

Naturalmente, el escandalo armado y mi no reprimido grito de dolor tenían que atraer la atención de la vieja enana que, como había demostrado, no era precisamente sorda...

...pero no fue así.

En su lugar aparecieron dos personas que, a juzgar por sus graves voces que oiría más tarde, eran varones de gran altura.

Como si tuvieran ojos de gato para ver en la oscuridad, me cogieron por axilas y muslos y me levantaron como si pesara lo que una almohada de plumón, con una suavidad y rapidez tal que sólo me percaté de ello al dejar de sentir el frío suelo a mis espaldas.

Del mismo modo, suave y ligero, me comenzaron a desplazar. Lo notaba al sentir el aire en mi cara, no debido al trote de ellos pues parecían deslizarse por aquel pasillo lleno de obstáculos como si fueran el mismísimo viento.

Abrieron una puerta, pasamos por ella y la cerraron sin que yo tampoco lo notara... sólo lo oí muy, pero que muy tenuemente. Casi seguro que si no fuera por mi oído fino entrenado año tras año para ser capaz de distinguir una milésima de tono por debajo de una nota concreta de guitarra, no lo hubiera detectado.

Finalmente, me dejaron sobre lo que parecía ser un sofa, tan rápida y suavemente como me habían levantado, y desaparecieron en la oscuridad, dejando tras de ellos sólo dos palabras pronunciadas casi al unísono: “helo aquí”.

Estaba girando la cabeza, como si fuera a ser capaz de seguir con la mirada a aquellas dos (robots) personas en la más absoluta oscuridad cuando volví a oír una ya conocida voz– ¿Un poco de luz?

No me habría dado tiempo ni de contestar con la propia mente, por muy rápida que fuere. No había terminado ella aún de pronunciar la zeta cuando varias antorchas crepitaron y prendieron al mismo tiempo iluminando una vasta habitación flanqueada por unas paredes de las que ellas pendían y que a mí se me antojó, a primera vista, un antigua biblioteca.

No me paré a preguntarme el cómo se encendieron así aquellas antorchas; en parte porque no fue una experiencia tan novedosa para mí -después de lo de la vela casi desgastada del todo-, pero en gran parte debido al maravilloso entorno en el que me encontraba.

Siempre había soñado con tener un cuartito para mí solo de relax, ensayo, grabación y meditación. Y ese cuarto podía describirlo fácilmente señalando con el dedo en ese momento (y añadiendo la coletilla de “un pelín más pequeño...”).

Numerosas estanterías cubrían las paredes, dejando apenas espacio para las antorchas y poco más. En ellas, muchos libros, antiguos, y algún que otro matraz o extrañas figuras atrapadas entre las portadas y contraportadas de unos y de otros.

En la pared de la izquierda, una gran chimenea encendida levemente (¿se habría encendido cuando las antorchas?). Delante de ella, una gran alfombra con motivos hindús rodeada por dos grandes sillones de corte clásico, en uno de los cuales me encontraba apenas incorporado.

La anciana se encontraba en una esquina, mucho más lejos de mí de lo que me había imaginado cuando todavía me encontraba en tinieblas. Aún conservaba la palmatoria en la mano izquierda, con una rendida y ya desgastada del todo vela.

Delante de ella, a mi derecha, una enorme -y tan antigua como ella misma- mesa de madera sobre la que descansaban mil cachivaches: libros, piedras, pequeños e indescriptibles objetos de cristal, una talla de madera con la forma de lo que parecía ser un unicornio, varias velas de diferentes tamaños, todas blancas, sobre candelabros de 3, 5 y 7 ramas. Un... ¡bejjjjj! ¿cráneo de animal?... Plumas no estilográficas aunque acompañadas de un viejo tintero; algo que se asemejaba a un pergamino... no pude evitar evocar en aquel momento a Long John Silver y su mapa del tesoro mítico, flaco y maloliente, apoyado en su única pierna “sana” mientras un chismoso loro en su hombro gorjeaba “ron, ron, ron...”.

Sin embargo, lo que me llamó más la atención y, al mismo tiempo, me llenó de estupor fueron los ojos.

Azules, muy claros, bonitos, jóvenes y llenos de vida. Me miraban directamente y, lejos de hacerme sentir incómodo (una manera eufemística de decir que podían ponernos en un aprieto tanto a mí como a mis gayumbos), me relajaban, me tranquilizaban; hasta tal punto que ni siquiera me extrañaba de verlos allí, solitarios, descansando sobre un pequeño plato cerámico sobre la enorme y vetusta mesa.

Desperté de aquella especie de trance cuando una pequeña silueta se interpuso entre ellos y yo, mostrando su espalda unos momentos antes de girarse hacia mí.

Y cuando la vieja volvió a hablarme me derretí.

No sé si fue por la ya conocida dulzura de su voz o la forma en que me miraba con sus ojos chispeantes. Sólo sé que cuando me susurró “Ven conmigo, necesito tu ayuda” no me pude negar. No podría hacerlo. Tendrían que clavarme cien puñales y fijarlos a la pared para impedir moverme. Daba igual que me hiciera caminar sobre ascuas, clavos afilados y oxidados o cristales puntiagudos, descalzo... Era como si por primera vez en mi vida todos, absolutamente todos los pensamientos que pasaban por mi mente se alinearan y reordenaran al unísono, como si hubieran recibido la orden directa y clara del más alto rango neuronal y miraran en una única dirección; la que debía seguir.

Era perfecto. Y al instante me importó un bledo y toda la familia de amaranthus quién era esa señora, quiénes me habían traído a aquel sofá, el cómo se habían encendido las antorchas en la sala o la vela desgastada de la palmatoria. O que los iris de los ojos sobre el plato cerámico fueran ahora de color verde.

Cestomano 2009