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miércoles 19 de agosto de 2009

Cuando las cuerdas se rompen

CUATRO

En la portada del Diario de Villavallés del Monte venía publicado a toda página. No fue el único diario que así lo hizo pero sí el que le dio más bombo y platillo a la noticia. Quizá debido a su bien conocido carácter sensacionalista el cual, en aquel pueblucho con demasiados habitantes, causaba mucha mella.

“El Villavallés” lo ponía bien claro y eso sería lo que las gentes leerían, lo que las gentes creerían.

“Hallado el cuerpo sin vida del retrasado que secuestró hace dos semanas el hijo recién nacido de C.R.D. Del bebé aún no se tienen noticias aunque los últimos casos de satanismo detectados en la zona y la posible relación de la familia Devera con el antropofaguismo aparecida tras la extraña desaparición de la madre del joven de pocas luces, hacen abrir las sospechas sobre el desafortunado desenlace de la criatura. La autopsia del hijo único de Devera desvelará, sin ningún ápice de duda, todo el misterio.”

Pero los resultados de la autopsia no salieron nunca a la luz. O ésta no se llegó a hacer. Sea como fuere, para los numerosos habitantes de Villavallés el caso se había cerrado con canibalismo. Y se seguiría hablando de ello durante muchos años, incluso tras la extraña y violenta muerte del Sr. Devera en el sanatorio psiquiátrico en el que lo habían internado poco después de este suceso.

La policía local también había cerrado el caso. Eso de buscar pruebas e investigar exigía demasiado e innecesario trabajo. Y la gente del pueblo ya tenía lo que quería. Eran felices con una historia como aquella, que podrían contar a toda su descendencia, adornándola con alguna que otra mentirijilla más a medida que iban pasando los años.

Los más creyentes también tendrían su ración de tranquilidad. El cura del pueblo, armado de un pequeño frasco con agujeros lleno de agua bendita, santificó el sótano del hospital público de Villavallés, el cual sería limpiado y ordenado a conciencia para darle un buen y muy distinto uso futuro. La gerencia debatía entre la reutilización de la zona de una forma más activa, para que enfermos y trabajadores olvidaran poco a poco lo acaecido allí en un momento dado de la historia de el centro sanitario o convertirla en una especie de mausoleo de la pequeña víctima que atraería a muchísimos curiosos de todas partes del pueblo y más allá aún, significando esto, una posible entrada secundaria de capital para aquel abarrotadísimo hospital que a duras penas se mantenía en pie con lo que le podía suministrar las arcas públicas.

Y dos pisos más arriba de aquellos sótanos con un futuro aún por decidir, la crisálida era examinada a conciencia por los pocos médicos de aquel hospital que tenían conocimiento de la existencia de ella; médicos con más preguntas que medios para conseguir las respuestas deseadas. Y los pocos medios que tenían, misteriosamente, sucumbían al contacto con aquella cosa.

El primer intento de hacerle una placa radiográfica le costaría al hospital una suma que aún no tenía y que paralizaría el “buen funcionamiento” del centro durante largo tiempo. Y es que mucho tiempo atrás, como forma de ahorro, se había decidido anular el costoso seguro de ciertos aparatos confiando en que nunca ocurriera nada. Naturalmente, esta información sólo la tenían pocos de los cerebros dominantes del centro, tal que aquellos médicos que no podían dormir pensando en la extraña y enorme crisálida, no se preocuparon demasiado por la rotura accidental de los rayos X.

La ecografía también falló. Fue momentáneo pero lo suficiente para que los profesionales que allí se encontraran se miraran con un signo de interrogación bastante profundo grabado en sus rostros. Al segundo intento, varios cacharros de la sala incluido el ecógrafo -por supuesto- estallaron y las luces principales se apagaron debido a una sobrecarga fortuita de la red eléctrica que tenía que haber sido revisada dos años atrás, cuando un esporádico rayo -vaya ironía- fulminó al único encargado del mantenimiento eléctrico del edificio. Luego, como era de esperar, la renovación del puesto se vio traspapelada como en tantos otros casos.

Aquel centro hospitalario, tan abarrotado como deficitario, nunca fue conocido por su buena estrella, precisamente; pero en este caso, desde el descubrimiento del cuerpo del celador Ädri y de aquella cosa pegada a la pared del sótano, parecía como si se hubiera acumulado toda la negatividad de 100 posibles años de existencia de aquella clínica que nunca debió haber sido abierta.

Y mientras aquellos pocos médicos se resignaban con las manos en la cara y los codos apoyados sobre sus muslos, mirándose los unos a los otros sin palabras como en otras recientes ocasiones dentro de aquel quirófano de muy raro uso, se oyó un muy agudo y ahogado chillido que les erizó la mayor parte del vello corporal. Pero eso sólo era el principio, ya que sus respectivas bocas se abrirían mucho más de lo que jamás hubieran imaginado cuando dirigieron sus miradas a la mesa de intervenciones y descubrieran que la crisálida se había abierto.

Cestomano 2009