UNO
Do, La Luna… Re#, Marte… Sol-Fa, Saturno-Júpiter... ¿Siь? El Sol... ¿El Sol? Abrí los ojos del todo y me incorporé; ya tenía mi próxima canción: “El Blues de los Planetas”… ¡Cling-clong-tricling…! Me respondieron éstos cuando mi cabeza chocó súbitamente con el móvil que pendía del techo. Paré las campanitas con las manos como pude y los planetas dejaron de orbitar, y de cantar. Un poco más lejos había otro móvil formado por hojas de árbol, petrificadas. Y otro más pude percibir a mi espalda, pues aún tintineaban los pequeños túbulos metálicos por el aire que agité al despertar. Más al fondo aún, se podía percibir como algún chaval, tras la pared, practicaba una escala pentatónica menor con una guitarra… ¿guitarra?… mi guitarra… ¡mi Stratocaster!.
Puse los pies en el suelo aún desconcertado. La suave alfombra de junco mentía al tacto sobre su tórrido aspecto visual. ¡Qué relax, qué maravillosas vibraciones trasmitía, como si hundiera los pies en un saco de grano …! Humm… pero, ¿dónde estaba?.
Paredes oscuras. Unas pequeñas máscaras tribales hechas en madera también oscura colgaban de ella. Tras una de éstas, una tenue luz amarillenta se abría paso y conseguía iluminar la pequeña habitación lo suficiente para no tropezar con la mesita-mueble situada justo enfrente del sofá donde yacía momentos antes, aunque incapaz, eso sí, de permitirme enhebrar una aguja… pero bueno, no pretendía coser los rotos de mis vaqueros en ese momento.
Conté un total de seis móviles colgando del bajo techo. A parte del planetario y los “sonoros”, había algunos con plumas blancas y marrones… “Quitasueños, creo”, dije en voz baja. Bajé la cabeza. Sobre la mesita-mueble descansaba una palmatoria portando una vela blanca casi gastada del todo y, justo al lado, un planisferio celeste mostrando el típico y bello cielo invernal.
Justo al lado de la mesita-mueble encontré mis sandalias, bien colocadas y alineadas la una con la otra. Con toda la tranquilidad del mundo, como si me encontrara en casa, metí los pies en ellas sin mirar… ¡estaban frías!. ¿Cuánto tiempo llevaba allí (inconsciente) durmiendo? ¿muerto?
Quizás fue ese frío intenso el que me hizo recordar y reflexionar. Recordar que, como en un sueño de ilusión, todo lleno de luces de colores, tal y como si hubiera tomado algunos ácidos, me veía a mí mismo llegar a bordo de un deportivo descapotable a La Mansión de La Guitarra; una majestuosa construcción a modo de castillo blanco con una envergadura de más de 50 metros de alto en una sola planta y que, mientras el chofer recogía y aparcaba mi “buga”, dos porteros se inclinaban a mis pies y abrían el portón de entrada, el cual estaba atravesado únicamente por la alfombra roja.
Reflexionar que la mitad del recuerdo era sueño, que momentos después perdía el conocimiento fruto del alto, demasiado alto nivel de emoción alcanzado y que, seguramente, algún empleado de Cord Dreams me había visto caer, me había recogido y llevado dentro del local, hacia alguna pequeña habitación interior. Por eso mismo estaba oyendo tras la pared a algún músico de Blues probando una de las mil guitarras que allí se encontraban.
Lo que mucho no me “encajaba” en la cabeza era esa decoración tan inusual en una academia y tienda de música: sin instrumentos musicales, sin láminas de músicos o carteles de pasados y fenomenales conciertos colgados de la pared. Sólo móviles, máscaras tribales, un planisferio celeste…
–¡Buenos días, joven! –sonó, aunque suavemente, una anciana voz a mi espalda.
Giré la cabeza rápidamente pero no vi a nadie. Cerré y abrí los ojos, varias veces, y los intenté fijar luego hacia la zona donde me había parecido que procedía la voz. Pronto empecé a distinguir, en esa esquina menos iluminada de la habitación, los bordes de una pequeña puerta la cual, aun abierta, no conseguía mostrarme nada más allá del marco que la sujetaba. Sólo oscuridad.
Entorné un poco los ojos, volví a abrirlos y cerrarlos varias veces, escudriñé la zona, pero nada. Fue entonces, cuando un sudor frío y un atisbo de cierta angustia (miedo) empezaban a brotar en mí, cuando bajé la vista levemente descubriendo con sorpresa -por no decir que se me pusieron los pelos de punta y solté un breve, apagado y agudo grito, de esos que si se te escapan delante de tus “mejores” colegas tendrían cachondeo para un par de meses buenos- una pequeña, muy pequeña silueta humana a escasos pasos de mí, dentro de la habitación.
–No te asustes, joven –dijo la silueta de nuevo suavemente mientras se deslizaba silenciosamente, sin rozarme, hacia la mesita-mueble y prendía, mediante nosesabeelque, la escasa mecha de la vela “casi desgastada del todo”. Ciertamente, no oí ningún chasquido, ni de cerilla, ni mechero, ni el roce del pedernal y eslabón. Simplemente, la llama apareció en la mecha y creció.
Luego, alzó la palmatoria a la altura de su cara, permitiéndome observársela; evidentemente, ella ya había estudiado la mía.
La primera impresión fue la de encontrarme cara a cara con una reliquia, el rostro de una persona atrapada en el tiempo, con demasiados años a cuestas como para seguir moviéndose por este mundo. A mi cabeza llegaron súbitamente las más estrambóticas y alucinantes posibilidades. Pensé en una bruja de los aquelarres del siglo XV apoderada de la tan rebuscada Fuente de la Juventud. Pensé en una momia del antiguo Egipto resucitada quién sabe mediante qué sortilegios. Pensé en un autómata recubierto de cera con un endoesqueleto metálico de aquellos de principios del siglo XX; o en una especie de títere desagradablemente construido y movido por finos hilos desde un posible hueco superior. Pensé.
Sin embargo, lo que no pensé fue en la posibilidad más fácil y evidente, además de la más probable. La luz de la vela, tan cerca de su piel, acentuaba falsamente sus verdaderas y tan normales arrugas debidas a la edad. De hecho, al momento se me antojó no mayor que mi propia madre; aunque su pelo largo y abundante relucía y chisporroteaba luz debido a su blancura, sus ojos verdes lo hacían aún más, demostrando una juventud increíble, casi eterna.
Su boca era el contraste. Unos finos, descoloridos, desgraciados labios escondían lo que para un mecánico dental podría ser una obra maestra: una simétrica y bien alineada dentadura de 28 piezas blancas, tan blancas que un esquimal no podría haberlos catalogado dentro de su amplia carta de tonos blancos. Demasiado perfecta para ser natural, demasiado perfecta para haber sido construida por las manos de un hombre.
Su nariz pequeña y chata no hacía juego con sus enormes orejas. Una vez oí decir que los pabellones auditivos de las personas no dejaban de crecer nunca y que por eso, las personas mayores solían tenerlos tan grandes. No pude impedir entonces que la primera impresión que sentí nada más ver su cara, cuando mi imaginación me llevó varios siglos atrás buscando posibles soluciones, regresara de nuevo. Un intenso escalofrío recorrió todo mi cuerpo.
Y su estatura. ¿De qué raza era? Sé que hacer estimaciones a ojo de buen cubero desde aquí arriba, en la cumbre, no sería una opción muy fiable, pero ¡por Dios, La doblaba! Toda mi vida, me había preguntado de quién heredé yo semejante alzada. Ni mis padres, ni mis cuatro abuelos, ni mis ocho bisabuelos, ninguno de mis quince tatarabuelos, de los que tuve la suerte de conocer casi la mitad, pasó nunca del metro ochenta. Ni se acercaban. Ahora siento, que se la pude haber robado a esta señora.
–¡Déjame ver tu mano de nuevo! –dijo de repente, aunque sin perder la suavidad. Alzó la palmatoria y cogió mi mano izquierda con su derecha… ¡qué fría estaba! Sin embargo, era tan suave como su voz; joven como sus ojos. Noté que la giraba haciendo que la palma quedara boca arriba, a la luz de la vela casi desgastada del todo, mientras yo ya estaba haciendo cavilaciones, en medio del estupor, acerca de lo que podría ver en ella. ¿Me la habría dañado en la caída? Quizás caí sobre ella y me la rompí. Ciertamente, no me la había mirado aún, ni siquiera sentía dolor, ¿tan grave era que ni sentía dolor? Pero sí que sentía miedo. Miedo por la mano, por la habitación, por el ambiente, por la oscuridad, por ella, por toda la situación... ¿me atreveré a mirar mi propia mano? Mi corazón empezó galopar estrepitosamente… “Por Dios, es tu propia mano, deja la hipocondría aparte, baja la vista”.
Y miré.
–¡Efectivamente, habías de morir tres veces! –me soltó en ese justo momento, antes de que siquiera llegara a enfocar la mano con la vista.
–¿Có… cómo has dicho? –fueron mis primeras palabras desde que desperté, o al menos, mi primer intento de habla. Tuve que repetirlo después de un carraspeo para que fueran lo suficientemente entendibles– ¿Cómo has dicho?
–¡Tu línea de la vida; está quebrada en tres trozos! ¿No te habías percatado?
Mi silenció contestó.
–¡Hasta un niño de tres años sabría interpretarlo! Es la segunda vez que veo algo así en mi larga vida. En fin, ahora te quedan dos. ¡Sígueme! –y se deslizó hacia la puerta, palmatoria en mano, iluminando el principio de una galería de la cual era imposible ver el final. Mientras, en mi cabeza, se quedaron rebotando una y otra vez las palabras “ahora te quedan dos, ahora te quedan dos; dos, dos, dos…”.
Cestomano 2009