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lunes 18 de enero de 2010

El blanco y enfurecido mar azota la ciudad



Secuencia "timelapse" del atardecer del 17 de enero de 2010 desde Chipeque, Tenerife.

Unos 300 fotogramas espaciados 15 segundos a 19 fps.

Música: Zulo (acentejoman); un trozo de "Time".

miércoles 9 de diciembre de 2009

Cuando las cuerdas se rompen

SEIS

-¡Es un niño! ¡Un precioso niño! -exclamó uno de los médicos al mirar con desorbitada curiosidad entre los restos de la crisálida abierta.

Era un bebé normal y corriente, de pelo rubio y ojos pardos, sin defectos apreciables y al que los médicos estimaron, de buenas a primeras, no menos de seis semanas de vida.

Lloró muy fuerte en cuanto lo sacaron de entre los restos de su singular cuna pero calló de inmediato en cuanto uno de los médicos lo cogió en sus brazos y le hizo algunas cucamonas, mientras el resto de compañeros desviaban un ojo hacia el techo con un signo de interrogación grabado en sus caras. Justo en ese momento, también se restableció la iluminación en la sala principal al tiempo que las luces e indicadores de algunas pocas máquinas volvían a titilar.

Limpiaron como pudieron, en la misma sala, el cuerpo del pequeño y procedieron a realizarle un primer y sencillo examen médico en busca de cualquier anomalía arrastrados por una súbita curiosidad, mientras el más desafortunado de ellos usaba una pipeta para llenar varios frascos del líquido viscoso y sanguinolento que quedaba en el interior de la crisálida.

No siendo ninguno de ellos pediatra, no pudieron hacer demasiado y decidieron llevar al bebé al pediatra de guardia alegando alguna excusa para no tener que dar explicaciones, en ese momento, acerca del origen del bebé. Y se encontraban ideado una historia mínimamente creíble cuando una segunda sobrecarga eléctrica en conjunción a la alta volatilidad y capacidad inflamable del líquido viscoso de la crisálida desencadenaría un espontáneo y voraz incendio en la sala de la cual acababan de salir donde, por supuesto, no funcionarían los sistemas de emergencia ignífugos, al tiempo que se bloquearía la puerta de salida dejando encerrado al médico con sus frascos y pipeta, del cual sólo recuperarían una hora más tarde algunos huesos demasiado chamuscados como para poderles practicar una análisis forense.

Pero esta serie de casualidades (calamidades) relacionadas, de alguna forma, con el nacimiento del niño-crisálida no acabarían con el fallecimiento del desgraciado médico investigador, pues el revuelo que se formaría a raíz del incidente, el secretismo mal llevado de todo el caso y las mentiras mal contadas al pediatra de guardia provocarían que, tras comprobar su buen estado, el niño fuera a acabar en el regazo de una madre postiza tan contenta de recuperar a “su hijo”, tras ingresarlo sin pulso una hora después de sufrir el ahogamiento doméstico en el bidé de su cuarto de baño, que no se daría cuenta de que su pelo y sus ojos eran más claros y, sobretodo, su tamaño, claramente superior.

Aunque no sólo el amor de una madre primeriza a su retoño fue lo que la cegó. También se mezclaban sus miedos, inseguridades y el no tener que acarrear con las responsabilidades y culpa de un tonto y fatal accidente sin más apoyo moral que su propia engañosa conciencia y su baja autoestima.

Y mientras el niño-crisálida comenzaba su verdadera vida usurpando el nombre y apellidos de otro, tal y como la cría de cuco nace en el nido de otros padres y expulsa a sus hermanastros del mismo para procurarse él toda la comida posible sin que a sus padres pareciera importarles el cambio de plumaje y morfología y, como no, aumento de envergadura; en el abarrotadísimo hospital público de Villavallés del Monte se darían cuenta de que la única esperanza de lavarle la cara al centro gracias a, quizás, algún artículo en importantes revistas científicas, había muerto incomprensiblemente con los pulmones encharcados en agua y, por otro lado, todos sus restos quemados en el mismo incendio que había acabado con la vida de uno de los frustrados médicos investigadores, el único que no necesitaría ayuda psiquiátrica posterior para tratarse una inminente y lógica depresión cuando todas sus alas se vieran acotadas.

Cestomano 2009

viernes 18 de septiembre de 2009

Cuando las cuerdas se rompen

CINCO

-Lánzate -dijo. Y lo hice.

Y mientras caía por aquel abismo del que no podía distinguirse -ni imaginarse- el final, la luz fue haciéndose cada vez más y más débil. Y junto a ella, el sopor hipnótico en el que había permanecido las últimas horas. De hecho, a poco metros del final, la oscuridad era absoluta, pero mi claridad mental también. Y todas las piezas, comenzaron a encajar, como por arte de magia, en mi pequeña pero resuelta cabeza.

Resonaban ahora, en mi mente, las notas del chelo que punzaba la vieja con sus propias uñas a modo de un extraño pizzacato una y otra vez y que martilleaban, ligeramente desafinadas, mis oídos internos.

No había oído nada igual antes; los grados de desafinación eran sumamente extraños. Hacían que esas notas se reorganizaran de alguna curiosa manera dentro de mi cabeza y tuvieran un sentido tan lógico como desconocido. El tipo que dijo que la música era matemática exacta no había oído esto, seguro. O conseguiría demostrar, tras varios meses de vigilia encerrado en un pequeño estudio en el sótano de su casa y acompañado únicamente por una ristra de pizarras antiguas, de aquellas con encerado negro, y varios kilos de tiza, que esta melodía -si es que se le podía denominar así- balanceaba una ecuación compleja que terminaría irremediablemente simplificándose en una proporción áurea.

Para mí, desde luego, si la música se encontraba en el escalafón más alto de mi cerebro y podía dominarla como pocas personas que conociera, los números y sus estúpidas relaciones se encontraban en la parte inferior del subsuelo bajo las catacumbas de lo más inhóspito del sótano de mi conocimiento.

Luego, mediante éstos, no podría resolver la extraña prueba de la que me hablaría ella una vez apoyara, de malas maneras, el precioso instrumento en la esquina de aquella pequeña habitación de aire enrarecido en la que nos encontrábamos en ese momento.

-¿Bajo el agua? -me extrañé. Aunque no pasarían ni 10 segundos entre mi pregunta y que metiera la cabeza en aquel enorme y apestoso balde de agua semiempozada. ¡Vaya! Era increíble el control que ejercía sobre mí. Si salía de ésta -cosa poco probable dada la velocidad a la que bajaba ahora mismo- tenía que proveerme de unos ojos azules de esos como fuera. Sería el terror de las chatis, no habría una que se me resistiera.

Cerré los ojos fuertemente y use dos dedos de mi mano derecha a modo de pinza sobre mi prominente nariz. La izquierda tenía que dejarla libre pues era guitarrista diestro1 y aunque pudiera tocar bastante bien “a zurdas” no llegaba al nivel del mítico Hendrix por lo que, para el caso dado, mejor sería no arriesgarse.

En el colegio me habían enseñado con suficiente insistencia que los olores los percibimos en la nariz si el aire que arrastra las partículas odoríferas entra en ella. Yo, desde luego, no soy tan bueno en biología como en el arte de la expresión musical, pero aquella clase no se me había olvidado. Y era por eso que no entendía como, aguantando el aliento y trancando firmemente la nariz con mi mano a modo de presa hidráulica, podía percibir claramente la podrida asquerosidad que desprendía aquel líquido viscoso al que la vieja llamaba agua y el cual, en aquel momento, me rodeaba por completo. ¿Tendría glándulas olfativas en la piel?

Quizá esa era la parte más dura de aquella estúpida prueba, pues oír, describir e imitar sonidos fuera o dentro del agua tenía que ser pan comido para alguien como yo...

...alguien que pudiera concentrarse, eso sí, sin ningún hedor que invadiera su cuerpo. ¡Era horrible!

Un ¡chaf! Interrumpió bruscamente mi momento de odio acérrimo hacia aquel líquido y hacia la mano invisible que sujetaba mi cabeza bajo el agua. La vieja había mancillado el buen nombre de Stradivarius introduciendo aquel -no tan caro ni arcaico, aún así preciado- instrumento en el mismo líquido donde mi cabeza y parte del cuerpo se encontraban sumergidos. Y comenzó a punzar las cuerdas al aire siguiendo el mismo esquema de tiempos y orden en las cuatro cuerdas que había realizado momentos antes en un ambiente más... seco. Ahora era mi turno.

Coloqué mis dedos en el brazo del ahogado chelo y presioné las cuerdas en el orden y modo que mi sabio cerebro derecho me indicaba con tanta precisión.

Los sonidos no fueron, ni de lejos, los esperados.

Moví las yemas poco a poco buscando el punto exacto de (des)afinación que recordaba mi mente tal y como un pintor realista pinta un paisaje, visto varios días antes, con todo lujo de detalles sin más apoyo que su propia memoria fotográfica. Mientras, la vieja repetía una y otra vez las punzadas en el tiempo.

Pero ese “punto exacto” no llegaba.

Debía de ser el pestazo absorbido por los poros de mi piel el que entorpecía, pues para un tres veces campeón de apnea de la región como yo, el no respirar no era un problema.

Lo volví a intentar de nuevo. Las dos primeras notas eran exactas; dos negras en C y F# bien afinadas. Sólo tuve que acercar ligeramente la mano a la base del chelo para contrarrestar el efecto que producía aquel cieno maloliente y mediocre transmisor de ondas sonoras para que mis tímpanos las percibieran exactamente igual que la primera vez que las oí.

Sin embargo, el tresillo en Bb-B-pseudoC comenzaba tan bien como fatal acababa aquel pseudo. Por no hablar de la redonda en casiG tirando 3 milésimas a F# que tendría que venir luego. A partir de ese momento me ofuscaba y no era capaz de seguir. Decidí pues, concentrarme en esa primera secuencia, cosa que intenté comunicarle a mi hipotética captora sin poder sacar la cabeza del agua ni usar las manos.

Pero no hizo falta.

En aquel momento pensé que había sido simple y llana telepatía existente entre ambos, quizá el mismo vínculo que hacía que yo obedeciera sin rechistar sus órdenes, la que hizo que ella comenzara a repetir el mismo esquema de cuerdas y tiempos.

Más tarde me daría cuenta de que en realidad había sido simple y llana estupidez, pues no era excusa que por concentrarme tanto en el tono de aquellos extraños sonidos, por la podredumbre del agua y por la falta de oxígeno no me hubiera percatado de que el esquema de cuerdas y tiempos de las seis secuencias de aquel tan singular monólogo musical era exactamente el mismo.

Aún así, por mucho que me concentré, fue en vano. Las pseudonotas no aparecían ni suplicándoselo.

Saqué la cabeza del agua algo... bastante decepcionado, achacándole la culpa de mi imperdonable torpeza al hedor, cuando la mano invisible me lo permitió.

-¡Tengo que probarlo primero en seco! -grité exhalando el aire enrarecido que habitaba en mis pulmones durante los últimos minutos. Luego inhalé bruscamente una gran bocanada de aire y vomité los restos de una comida que no recordaba.

Fue grata y extrañamente sorprendente comprobar que, una vez seco “Stravi”, las pseudonotas aparecían a la perfección justo al intentar extraer las notas reales enteras.

¿Era un problema del instrumento? ¿Y por qué no funcionaba bajo el agua? Debía resolver este enigma aunque... ¿para qué? ¿Y tendría tiempo de hacerlo?

“No, no lo tengo” -intenté pronunciar con la cabeza bajo el agua por segunda vez.

Y esta vez la apnea no sirvió de nada.

Mis manos no llegaron a pulsar ninguna cuerda cuando el asqueroso líquido empozado entró en mis pulmones sin remedio y abandoné toda esperanza mientras sentía que la mano invisible de los cojones no me dejaría salir a flote tan pronto...

...y recordé ese angustioso momento unos instantes antes de hacer el terrible contacto con el final de aquel túnel vertical, tan oscuro como frío, tan amargo como desalentador, tan muerto como yo lo estaría en menos de un segundo.

Cestomano 2009

1 Un guitarrista diestro utiliza su mano izquierda para marcar las notas en los diferentes trastes del brazo de la guitarra.